En un país donde muchos políticos prefieren esconderse detrás del discurso de la persecución, el exmandatario Lenín Moreno tomó una decisión que, guste o no, merece ser reconocida: regresar al Ecuador y presentarse ante la justicia.
En tiempos donde la política latinoamericana se ha llenado de expresidentes prófugos, asilados estratégicos o eternamente victimizados, ver a un exjefe de Estado volver al país para enfrentar un proceso judicial marca una diferencia importante. No significa declararlo inocente automáticamente ni cerrar el debate sobre el caso Sinohydro. Significa algo mucho más básico y necesario para una democracia: someterse a las instituciones.
Moreno pudo quedarse cómodamente fuera del país. Pudo convertir el juicio en una narrativa internacional de “persecución política”, como se ha vuelto costumbre en ciertos sectores ideológicos del continente. Pero decidió regresar. Y eso, en términos democráticos, tiene valor.
Más allá del proceso judicial, la figura de Lenín Moreno tiene un peso histórico que muchas veces se intenta minimizar. Fue precisamente durante su gobierno cuando el Ecuador empezó a desmontar el aparato político y propagandístico construido durante una década por el correísmo y el llamado “socialismo del siglo XXI”.
Paradójicamente, Moreno llegó al poder impulsado por el propio movimiento de Rafael Correa, pero una vez en Carondelet terminó mostrando al país las profundas fracturas internas del proyecto correísta. Ahí comenzó el quiebre.
Fue en ese periodo cuando Ecuador conoció dimensiones de endeudamiento, presiones institucionales, excesos de poder y estructuras políticas que durante años permanecieron blindadas bajo un discurso de revolución y confrontación permanente. El país pasó de una narrativa casi religiosa alrededor del poder a una etapa donde empezó a discutirse nuevamente la independencia de funciones, la libertad de prensa y la institucionalidad democrática.
Claro que el gobierno de Moreno tuvo errores, contradicciones y una enorme debilidad política. Nadie puede negar eso. Pero también sería injusto ignorar que, gracias a esa ruptura, Ecuador logró salir de una lógica autoritaria que amenazaba con eternizarse.
El correísmo perdió algo fundamental durante esos años: el control absoluto del relato.
Y quizás por eso existe todavía tanto resentimiento político hacia Moreno. Porque terminó siendo el hombre que abrió desde adentro la puerta que permitió desmontar buena parte del proyecto hegemónico del siglo XXI en Ecuador.
Hoy enfrenta a la justicia. Y debe hacerlo como cualquier ciudadano. Pero el hecho de regresar, dar la cara y someterse al proceso judicial también deja una lección política en un país cansado de dirigentes que exigen institucionalidad solo cuando les conviene.
La justicia deberá determinar responsabilidades. Pero la historia política también juzga otras cosas: quién huyó, quién se escondió y quién estuvo dispuesto a volver.






