KIEV — En un movimiento que parece sacado de una novela de espías, Ucrania reportó que Rusia lanzó un misil balístico intercontinental (ICBM) hacia Dnipró, un hecho inédito en la guerra que ya lleva 33 meses y que, al parecer, no tiene intención de cerrar temporada. Moscú, fiel a su estilo, mantiene silencio absoluto al respecto.
Los ICBM son esas armas que generalmente solo vemos en películas apocalípticas: capaces de recorrer miles de kilómetros y diseñadas para cargar cabezas nucleares. Pero calma, porque Kiev no ha confirmado si este misil llevaba algo más que un mensaje de «podemos hacerlo». Hasta ahora, el saldo oficial es dos heridos y daños en una empresa industrial. Vamos, que para un ICBM eso es algo así como un «golpe suave».
Mientras tanto, Ucrania no se queda atrás. En los últimos días disparó misiles británicos y estadounidenses contra territorio ruso, aparentemente sin importarle las «advertencias» de Moscú sobre una posible escalada. Porque claro, después de casi tres años de guerra, ¿qué es una escalada más?
Tensiones en aumento y la sombra de Trump
Este nuevo episodio llega en un momento clave: el reloj marca los 1,000 días desde el inicio del conflicto y Estados Unidos, bajo el mando de Joe Biden, acaba de autorizar misiles ATACMS para Ucrania. Todo esto mientras Donald Trump calienta motores para volver a la Casa Blanca, prometiendo «terminar la guerra». ¿Cómo? Eso sigue siendo un misterio tan grande como el contenido del ICBM lanzado por Rusia.
¿Advertencia o error de cálculo?
Una pregunta queda en el aire: ¿sabía Estados Unidos sobre el lanzamiento del misil ruso? Porque si no, imaginen el caos diplomático que un movimiento así podría desatar entre potencias nucleares. Algunos expertos sugieren que Moscú pudo haber informado para evitar un «malentendido catastrófico», pero hasta ahora todo queda en el terreno de la especulación.
El tablero geopolítico está más cargado que nunca, y cada movimiento parece acercar a las partes a un final incierto. Mientras tanto, la guerra sigue dejando huellas imborrables en ambos lados de la frontera, recordándonos que, en este juego, no hay ganadores. Solo daños colaterales.