EDITORIAL | #CaragadorGate
En Ecuador desaparecen millones en corrupción, toneladas de droga cruzan puertos, bandas criminales disputan territorios, familias enteras viven con miedo… y la noticia política de la semana termina siendo un cargador de celular.
La asambleísta de la Revolución Ciudadana, Mónica Palacios, denunció el 23 de febrero que le habían sustraído el cargador durante una sesión legislativa en Guayaquil. Hasta ahí, cualquier ciudadano podría decir: está bien, nadie merece que le roben nada. Ni un celular, ni una billetera, ni un cargador. El delito, por pequeño que parezca, no se normaliza.
El problema no fue el cargador.
El problema fue convertir un accesorio de 10 dólares en símbolo de la crisis nacional, responsabilizar directamente al presidente Daniel Noboa por el hecho y, de paso, exonerar al alcalde Aquiles Álvarez. Todo en un país donde la inseguridad es real, grave y dolorosa para miles de familias que no recuperan cargadores… sino que entierran hijos.
Dos días después, el accesorio apareció. No hubo banda organizada. No hubo conspiración política. No hubo complot palaciego. Lo tenía —o lo encontró— su propio equipo de seguridad. La asambleísta incluso comentó con humor que ahora tiene “tres cargadores” en su cartera y agradeció la gestión para devolverlo.
Y ahí fue cuando el país pasó del drama al meme.
Porque si algo caracteriza a esta etapa de la política ecuatoriana es la teatralización permanente. Cada gesto se convierte en acto épico. Cada error se transforma en denuncia histórica. Cada descuido es culpa del adversario político.
Pero gobernar o hacer oposición no es producir contenido viral.
El correísmo —como fuerza política— ha apostado desde hace tiempo por la confrontación constante. Polarizar moviliza bases. Exagerar genera titulares. Acusar crea narrativa. El problema es cuando la estrategia pierde proporción. Cuando la indignación se vuelve automática. Cuando todo es escándalo.
La inseguridad en Ecuador es demasiado seria para convertirla en sketch.
Y aquí hay algo que también debe quedar claro: ningún robo se justifica. Si alguien hubiera sustraído el cargador, estaría mal. Punto. Pero instrumentalizar cada incidente para golpear políticamente termina vaciando de sentido las denuncias verdaderamente graves.
Cuando todo es crisis, nada es crisis.
Lo ocurrido con el cargador no es grave por el objeto en sí. Es grave porque revela el nivel de superficialidad al que puede caer el debate político. Mientras el país espera soluciones estructurales, algunos actores parecen más preocupados por la narrativa inmediata que por la profundidad del problema.
Ecuador necesita firmeza contra el delito, sí. Pero también necesita madurez política.
Porque si seguimos así, cualquier día el debate nacional girará alrededor de quién perdió los audífonos en la comisión.
Y mientras tanto, los problemas reales seguirán esperando.
DLB







