Editorial | Periodismo Ecuador
El mundo está entrando, otra vez, en una etapa peligrosa. No es una exageración, es un patrón. Más armas, más presupuestos militares, más discursos sobre “intereses vitales” y más líderes hablando abiertamente de disuasión nuclear.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, lo dijo sin rodeos: “Para ser libre hay que ser temido, y para ser temido hay que ser potente”. Y con esa frase dejó claro el espíritu de esta nueva etapa geopolítica. No se trata solo de defenderse. Se trata de proyectar miedo.
Francia anunció que aumentará sus cabezas nucleares y dejará de informar cuántas tiene. Rusia moderniza su arsenal. China lo expande. Estados Unidos revisa su doctrina. Corea del Norte prueba misiles. Irán acelera su programa. La palabra “disuasión” se repite como si fuera un mantra tranquilizador, pero en realidad es una admisión: el mundo está apostando nuevamente por el equilibrio del terror.
El poder como espectáculo
Hay algo inquietante en el tono de los líderes actuales. No solo hablan de defensa. Hablan de fortaleza, de respeto, de ser temidos. El poder militar ya no es únicamente una herramienta estratégica; se convierte en un símbolo político interno. Muestra liderazgo. Endurece imagen. Consolida autoridad.
Pero el problema es simple y brutal: cuando todos quieren ser temidos, el margen de error se reduce a cero.
La historia del siglo XX ya demostró lo que ocurre cuando la acumulación de armas supera a la diplomacia. La Guerra Fría estuvo marcada por la amenaza constante de destrucción mutua asegurada. La diferencia es que entonces el mundo estaba dividido en dos bloques claros. Hoy el tablero es multipolar, más fragmentado y, por tanto, más impredecible.
Más armas, menos certezas
El argumento oficial siempre es el mismo: las armas nucleares no son para usarse, sino para evitar que se usen. Pero cada nueva ojiva, cada submarino adicional, cada modernización tecnológica, aumenta la complejidad del sistema y el riesgo de errores de cálculo.
¿Y qué nos espera?
Un escenario donde:
- Las tensiones regionales pueden escalar más rápido.
- Los conflictos indirectos se vuelven más frecuentes.
- La desconfianza entre potencias se institucionaliza.
- Los países pequeños quedan atrapados en medio de intereses ajenos.
En América Latina —y particularmente en Ecuador— solemos mirar estas noticias como algo lejano. Pero no lo son. Las crisis energéticas, el encarecimiento del petróleo, las cadenas de suministro, la seguridad alimentaria y hasta la estabilidad financiera global dependen de ese equilibrio frágil entre potencias.
Cuando el mundo se arma, los mercados tiemblan.
¿Estamos retrocediendo?
Hay una sensación incómoda de déjà vu. Discursos de fuerza, bloques estratégicos, advertencias sobre conflagraciones, modernización nuclear. El lenguaje de la Guerra Fría regresa, pero en una versión más dispersa y más volátil.
En Periodismo Ecuador creemos que el verdadero liderazgo no debería medirse por la capacidad de infundir miedo, sino por la capacidad de evitar que el miedo gobierne las decisiones globales.
Porque cuando la política internacional se basa en quién es más temido, el mundo entero vive bajo una sombra permanente.
Y la pregunta no es si las armas se usarán mañana.
La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse un planeta donde todos juegan a estar listos para el peor escenario.







