Manuela Sáenz, retrato de José María Espinosa Prieto, 1828. Colección Museo de Antioquia. Reproducción de Wikimedia Commons, dominio público.
En junio de 1822, Quito tenía motivos para seguir de fiesta. La victoria de Pichincha estaba todavía cerca, la ciudad recibía a los protagonistas de la independencia y, entre celebraciones y visitas, dos personas estaban a punto de cruzarse. Él era Simón Bolívar, tenía 38 años y llevaba casi dos décadas viudo. Ella era Manuela Sáenz, rondaba los 24 y había regresado de Lima. Había, además, un detalle que conviene tener presente desde el principio: Manuela estaba casada.
Su esposo se llamaba James Thorne. Era un comerciante británico, bastante mayor que ella, con negocios y propiedades en Perú. Llevaban cinco años de matrimonio cuando apareció Bolívar. Y aunque Thorne suele desaparecer de la historia apenas entra en escena el Libertador, en realidad no se fue tan lejos: siguió haciendo negocios, habría tenido cuatro hijos fuera de ese matrimonio y acabó asesinado en circunstancias que todavía dejan preguntas.
Lo curioso es que, muchos años después, cuando Bolívar ya había muerto y Manuela vivía en Paita, el nombre del inglés volvió a aparecer entre sus asuntos pendientes. Ya no por amor, sino por una dote, unos bienes y unos derechos que ella intentaba recuperar. Para entonces, también había vendido una hacienda ecuatoriana en la que, según las investigaciones, Bolívar había puesto dinero.
Así que esta historia tiene enamorados, sí, pero también una tía que debía una herencia, una propiedad que no rendía lo esperado, un marido con otra vida y un crimen contado entre rumores. Para entender cómo terminaron todos metidos en el mismo enredo, hay que retroceder a una boda en Madrid.
Antes de Manuela hubo una boda que apenas duró ocho meses
En 1800, Bolívar no era todavía el hombre al que Quito recibiría como Libertador. Era un joven venezolano de 17 años que frecuentaba los círculos de familias acomodadas de Madrid. Allí conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza, se enamoró y terminó casándose con ella el 26 de mayo de 1802, en la parroquia de San José.
De aquella boda quedaron papeles: capitulaciones matrimoniales y una ratificación de Bolívar, identificadas en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Después vino el viaje a Venezuela, la vida entre Caracas y las propiedades familiares de San Mateo y, enseguida, una enfermedad que acabó con todo. María Teresa murió en enero de 1803. Las biografías hablan de fiebres, asociadas unas veces con fiebre amarilla y otras con paludismo. No habían pasado ni ocho meses completos desde el matrimonio.
Bolívar quedó viudo a los 19 años. Nunca volvió a casarse y no tuvo hijos reconocidos. Eso, desde luego, no quiere decir que pasara las siguientes dos décadas apartado de cualquier relación sentimental. En sus biografías aparecen Fanny du Villars, Josefina —Pepita— Machado y Bernardina Ibáñez. Las huellas que dejó cada vínculo son distintas: en unos casos hay correspondencia y testimonios; en otros pesan más las memorias posteriores. Conviene no ponerlos todos en el mismo nivel de certeza.
Pero hay algo que ayuda a situar la escena: el Bolívar que llegó a Quito en 1822 ya había vivido un matrimonio, una pérdida y otras relaciones. Manuela, por su parte, tampoco llegaba a aquel encuentro con la vida por empezar.
Cinco años antes, el 27 de julio de 1817, se había casado con Thorne en la parroquia de San Sebastián de Lima, según la partida matrimonial identificada en el Archivo Arzobispal de esa ciudad. Ella tenía unos 19 años; él era un hombre acomodado y considerablemente mayor. La unión había sido concertada dentro de las costumbres sociales de entonces. Vivieron en Lima, tuvieron una residencia en Magdalena y no tuvieron hijos.
El inglés atendía sus negocios. Manuela participaba de la vida social limeña y se acercaba a personas vinculadas con la independencia. Las reconstrucciones biográficas hablan de diferencias políticas y de desacuerdos matrimoniales hacia 1820. No hay una fecha que permita decir: este fue el día exacto en que dejaron de hacer vida de pareja. Más bien, los rastros apuntan a un alejamiento progresivo.
Y entonces llegó Quito. Llegaron las celebraciones de 1822 y el encuentro con Bolívar. Las generaciones siguientes llenaron aquella escena de detalles románticos que no siempre pueden comprobarse. Lo que no necesita adorno es el punto de partida: él era viudo y ella seguía casada con James Thorne.
Hay una frase atribuida a Manuela que suele aparecer cuando se cuenta esta parte: «¿Me cree usted menos honrada por ser él mi amante y no mi esposo?». Es una declaración que parece hecha para sobrevivir dos siglos. Sin embargo, la carta circula en versiones con diferencias de fecha y transmisión, de modo que no corresponde presentarla como una transcripción autógrafa definitivamente autenticada. Lo que sí muestran las biografías y los documentos posteriores es que Manuela no volvió a una convivencia matrimonial estable con Thorne. Tampoco se ha identificado, en las referencias utilizadas para esta crónica, una sentencia que disolviera el matrimonio.

La separación sentimental, por tanto, no borró el vínculo legal. Ese detalle, que al principio parece un asunto de papeles, terminaría importando mucho.
La tía, los 10.000 pesos y una hacienda que necesitaba dinero
Mientras comenzaba la relación con Bolívar, Manuela tenía otro asunto entre manos: cobrar una herencia. La historia llevaba hasta Catahuango, también escrita Cataguango, una hacienda del valle de Los Chillos que había pertenecido a su familia materna.
Su abuelo, Mateo Aizpuru, había adquirido aquellas tierras y las dejó a su hija Ignacia, tía de Manuela. Pero también había dispuesto un legado de 10.000 pesos para su nieta. Allí empezó el problema: Ignacia no habría cumplido con el pago y Manuela decidió reclamarlo.
Fernando Jurado Noboa, en Las noches de los libertadores, reconstruyó gestiones iniciadas alrededor de 1821. No fue un arreglo rápido entre parientes. El conflicto se extendió durante varios años y terminó dejando rastro en los protocolos notariales. Juan Carlos Adriazola Silva cita documentos de agosto de 1826 y sitúa el 25 de octubre de ese año la toma de posesión de Catahuango por Pedro Sanz, en representación de Manuela.
La nieta que reclamaba dinero había terminado accediendo a una hacienda. Pero tener tierras y obtener ingresos de ellas eran dos cosas diferentes. Catahuango contaba con terrenos agrícolas y ganaderos; también arrastraba dificultades de agua y necesitaba recursos para producir mejor. La propiedad ofrecía un lugar para quedarse, pero pedía inversión.
Es aquí donde Bolívar vuelve a entrar en la historia por una puerta menos conocida. Porque, según las investigaciones, en Catahuango no solo hubo encuentros: también habría habido dinero suyo.
Jurado Noboa recogió una tradición familiar transmitida por Josefina Sáenz Fernández Salvador, quien decía haber escuchado a su padre, el general José María Sáenz, recuerdos de las visitas de Bolívar y Manuela. Es una pista sobre sus estancias, aunque sigue siendo un testimonio familiar posterior, no un registro de cada encuentro. Ambos mantuvieron una relación entre viajes, ausencias y temporadas compartidas; no una convivencia permanente. También coincidieron en espacios domésticos de Perú y Bogotá.
La parte económica tiene otra clase de referencias. Adriazola Silva menciona aportes de ambos para mejorar la hacienda, dotarla de herramientas, ganado y trabajadores. Una versión posterior, que atribuye el dato al padre Jorge Villalba, sitúa en 1822 un acuerdo para ponerla a producir. Dicho de manera sencilla: además de enamorados, habrían tenido un interés económico compartido.
Pero ahí los papeles obligan a bajar la voz. La fecha de 1822 queda antes de la toma de posesión de 1826 que recoge Adriazola Silva. Sin cotejar el instrumento original, no se puede resolver esa diferencia, fijar cuánto puso cada uno ni asegurar en qué términos existió una sociedad formal. La referencia a las inversiones está; las condiciones exactas del acuerdo todavía necesitan comprobación.
En cualquier caso, la hacienda no se convirtió en la tranquilidad económica que Manuela esperaba. Según Adriazola Silva, estuvo arrendada durante aproximadamente una década, pero ella no recibió los ingresos que reclamaba. Cada viaje y cada dificultad para regresar a Ecuador hacían más complicada la administración desde lejos.
En 1835, ya después de la muerte de Bolívar, Manuela hablaba en su correspondencia de volver a Ecuador, vender una propiedad familiar y utilizar el dinero para establecerse en otro país. Las restricciones políticas se atravesaron en esos planes. La venta de Catahuango que recoge Adriazola Silva llegó en 1837: a plazos, a Rosa Gangotena y Tinajero, por 6.000 pesos. El investigador señala que, con sus mejoras, podía valer hasta 15.000.
Si esas cifras son correctas, Manuela obtuvo alrededor del 40 % del valor estimado. La propiedad quedó vinculada después a la familia Gangotena Salvador durante generaciones. Para ella, en cambio, lo que había empezado como el cobro de una herencia terminaba en otra gestión desde la distancia, con dinero todavía en discusión.
Y mientras eso ocurría con la hacienda ecuatoriana, en Perú había otra propiedad alrededor de la cual se estaba formando un conflicto. Allí el protagonista era Thorne.
El marido que siguió con su vida
Es fácil imaginar al esposo de Manuela detenido para siempre en el momento en que apareció Bolívar. Las biografías suelen dejarlo allí, como si ya no tuviera nada más que hacer. Pero Thorne siguió con sus negocios y, según algunas reconstrucciones, también con su vida sentimental.
Una de las propiedades vinculadas con sus actividades era Huaito, en el valle peruano de Pativilca. Conviene retener los dos nombres porque después los enredos se cruzan: Catahuango era la hacienda ecuatoriana de Manuela; Huaito, la propiedad peruana relacionada con los negocios del inglés.
Adriazola Silva vincula a Thorne con una sociedad con Domingo Orué y Mirones, militar de la independencia peruana. Además, señala que el comerciante había utilizado parte de los 8.000 pesos de la dote matrimonial de Manuela para financiar sus actividades. El matrimonio podía estar roto en la vida cotidiana, pero el dinero de aquella unión seguía apareciendo en la historia.
También habría habido otra familia. Victor von Hagen, citado en investigaciones académicas posteriores, sostuvo que Thorne tuvo cuatro hijos fuera de su matrimonio con Sáenz y que los mencionó en su testamento. Es un dato llamativo, aunque todavía exige revisar el documento original para verificar nombres, madres y disposiciones hereditarias. Las referencias utilizadas tampoco permiten afirmar que hubiera contraído un segundo matrimonio.
Hasta ahí puede contarse: el hombre al que la historia romántica suele dejar esperando había seguido haciendo negocios y habría tenido hijos con otras mujeres. Lo que no sabemos con precisión es cómo se organizó esa vida familiar ni qué recibió cada uno cuando él murió.
Porque Thorne no tuvo una muerte tranquila. Y la manera en que Ricardo Palma la contó añadió un nuevo enredo a los que ya existían.
Un paseo, tres enmascarados y una sospecha que no equivale a una prueba
Después de la muerte de Orué, situada en 1835, Thorne continuó vinculado con la administración de Huaito. Pero sobre la propiedad había una disputa. El coronel Justo Hercelles reclamaba derechos hereditarios, y el conflicto llegó a las páginas de las Tradiciones peruanas de Palma.
El escritor cuenta que una tarde Thorne paseaba del brazo de una mujer por uno de los callejones de la hacienda. Entonces aparecieron tres hombres enmascarados y lo mataron a puñaladas. Palma sitúa el episodio alrededor de 1840 o 1841; otras investigaciones llevan la muerte a 1847. Ni siquiera la fecha coincide en todas las versiones.
El relato deja además una acusación flotando, pero Palma se cuida de advertir de dónde sale: «La voz pública (que con frecuencia se equivoca) acusó a Hercelles de haber armado el brazo de los incógnitos asesinos».
Esa aclaración entre paréntesis cambia la manera de leer toda la escena. Lo que el escritor transmite es un rumor de la época. No una sentencia, ni una prueba de que Hercelles ordenara matar al comerciante. Los nombres de los atacantes tampoco quedan establecidos en su narración. La disputa por la hacienda ofrece un posible contexto; no demuestra por sí sola el móvil del crimen.
Así que el asesinato forma parte de la historia recogida por las fuentes, pero sus responsables, su fecha exacta y sus motivos siguen necesitando cotejo documental. Contarlo como un caso resuelto sería darle al rumor una certeza que no tiene.
Para Manuela, aquella muerte abrió otro frente. El hombre del que llevaba tantos años separada seguía siendo su esposo legal. Y había dinero de aquel matrimonio que ella consideraba suyo.
Cuando el amor ya había terminado, los papeles seguían hablando
Bolívar había muerto el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta. Manuela tenía unos 33 años y aún le quedaban cerca de 26 por vivir. En esos años llegaron el destierro, las restricciones para regresar, las dificultades económicas y su establecimiento en Paita, en el norte de Perú. Allí mantuvo contacto con comerciantes, viajeros y personas relacionadas con la política sudamericana, mientras seguía intentando poner en orden sus asuntos patrimoniales.
Entre esos asuntos estaba la dote de 8.000 pesos aportada cuando se casó con Thorne. Una referencia documental indica que el 29 de noviembre de 1847 dio poderes a Cayetano Freyre para hacer gestiones relacionadas con esa dote y con el homicidio del inglés. También se ha identificado un expediente de 1848 sobre alimentos, dote y bienes gananciales.
Vale la pena detenerse en la escena que dejan esos papeles. Bolívar llevaba dieciocho años muerto. La relación de Manuela con Thorne había quedado sentimentalmente atrás desde mucho antes. Sin embargo, ella todavía tenía que actuar como esposa para reclamar recursos ligados a un matrimonio celebrado en 1817.
Algunas reconstrucciones señalan que no recuperó la dote. Sin revisar directamente la resolución judicial no podemos precisar los argumentos ni dar por establecido el desenlace completo. Tampoco sabemos cómo se repartió la herencia de Thorne. Si los cuatro hijos mencionados por Von Hagen figuraban en el testamento, falta comprobar qué les correspondió, qué otros beneficiarios hubo y quién administró los bienes. Las referencias a la fecha de su muerte y a documentación testamentaria presentan además diferencias cronológicas que deben resolverse en los originales.
Con los amores posteriores de Manuela ocurre algo parecido: abundan más las preguntas que las pruebas. Algunas narraciones le atribuyeron un romance juvenil con Fausto D’Elhuyar, episodio cuestionado por investigaciones posteriores. Después de la muerte de Bolívar, las fuentes disponibles no permiten identificar con seguridad una pareja estable. Eso deja una zona de su vida que no conocemos; no autoriza a llenarla con una historia inventada.
Tampoco las referencias utilizadas permiten señalar un testamento auténtico suyo y decir a quién dejó lo que conservaba. Las tierras familiares, los pagos pendientes y los derechos sobre los bienes de Thorne son asuntos diferentes. Para saber qué pasó al final harían falta un inventario sucesorio y documentos verificables, no deducir una herencia a partir de todo lo que alguna vez reclamó.
Manuela murió en Paita en noviembre de 1856, durante una epidemia. Tenía aproximadamente 58 años. Las biografías describen dificultades económicas en sus últimos años y la destrucción de parte de sus pertenencias y documentos como consecuencia de las medidas sanitarias. Esa pérdida ayuda a explicar por qué todavía cuesta seguir algunos hilos de su vida privada.
Al llegar aquí, la escena de Quito con la que empezó todo se ve de otra manera. La mujer que conoció a Bolívar en 1822 ya tenía un marido y un reclamo familiar en marcha. El hombre que llegó como Libertador había enviudado casi veinte años antes. Y el esposo que parecía quedar fuera del relato siguió una vida que acabó mezclada con hijos, negocios y un crimen sin esclarecer del todo.
Entre ellos quedaron dos haciendas que no eran la misma, una posible inversión compartida y un matrimonio que siguió teniendo consecuencias cuando el amor llevaba años en otra parte. Manuela sobrevivió a Bolívar y a Thorne, y todavía tuvo que ocuparse de lo que ambos vínculos habían dejado pendiente.
Quizá el detalle más revelador sea ese: mientras la memoria se quedó contando el encuentro de los enamorados, ella siguió viviendo. Escribiendo cartas, intentando cobrar, vendiendo una propiedad y reclamando otra vez. La historia de amor tuvo un final; los asuntos que la rodeaban duraron bastante más.
Fuentes y cautelas documentales
La crónica recoge referencias documentales identificadas por investigadores, registros matrimoniales, correspondencia y relatos históricos. Los archivos originales mencionados no han sido examinados directamente para esta publicación. Las afirmaciones sobre la sociedad económica de Catahuango, los hijos de Thorne y las circunstancias de su asesinato requieren todavía cotejo directo con documentos originales.
Fernando Jurado Noboa, Las noches de los libertadores. Investigación sobre los vínculos personales de Bolívar y Manuela y la hacienda Catahuango.
Juan Carlos Adriazola Silva, Visita a una baldada: el encuentro paiteño de Manuela Sáenz y Ricardo Palma, Aula Palma, n.º 18 (2019), pp. 375–422. Investigación sobre Manuela Sáenz, sus propiedades, James Thorne y documentación notarial.
Ricardo Palma, La Protectora y la Libertadora, en Tradiciones peruanas. Relato sobre la muerte violenta de James Thorne y la controversia por la hacienda Huaito.
Jorge Villalba, Manuela Sáenz: Epistolario, Banco Central del Ecuador, 1986.
Pamela S. Murray, For Glory and Bolívar: The Remarkable Life of Manuela Sáenz, University of Texas Press, 2008.
Archivos identificados: Archivo Histórico de Protocolos de Madrid; Archivo Arzobispal de Lima; protocolos notariales de Quito de 1826; Archivo General de la Nación del Perú, documentos testamentarios y expedientes patrimoniales.
Referencia complementaria sobre la versión del acuerdo agrícola de 1822: Hacienda Catahuango de Manuelita Sáenz, La Hora, 14 de octubre de 2023. Se cita como versión secundaria, pendiente de cotejo con el instrumento original.
Fuente y ficha de derechos de la imagen histórica: José María Espinosa Prieto, 1828, colección Museo de Antioquia. Wikimedia Commons, dominio público.
Por David Lema Burgos