Durante años pasó desapercibida. Sin el ruido de la cocaína ni la violencia visible de las grandes rutas del narcotráfico, la ketamina empezó a abrirse camino en Ecuador como un negocio discreto, rentable y difícil de rastrear. Hoy, tras decomisos récord y operativos simultáneos en varias provincias, las autoridades reconocen que el país enfrenta una nueva amenaza ligada al tráfico de drogas sintéticas.
El decomiso que encendió las alarmas
A finales de enero de 2026, la Policía Nacional del Ecuador ejecutó el operativo “Cero Impunidad 2479”, con resultados inéditos: más de 770 litros de ketamina incautados en acciones simultáneas en Quito y Ambato. La sustancia era transportada en cajas, camuflada en un furgón, y según los investigadores, estaba destinada tanto al consumo ilegal como a la fabricación de drogas sintéticas.
Para la Policía, no se trató de un caso aislado. El volumen decomisado evidenció una estructura organizada, con logística, rutas definidas y centros de almacenamiento.
Centros de acopio y microtráfico
Días después, en el norte de Quito, agentes desarticularon un centro de acopio ilegal donde se almacenaba ketamina fuera del circuito médico y veterinario. Este hallazgo confirmó una de las principales hipótesis de las investigaciones: el negocio no se mueve solo en grandes cargamentos, sino en una red fragmentada de bodegas, intermediarios y distribuidores que operan bajo fachada legal.
La ketamina, a diferencia de otras drogas, no requiere laboratorios clandestinos ni grandes extensiones rurales. Su origen está en canales formales: importaciones autorizadas, clínicas, hospitales o centros veterinarios, desde donde es desviada progresivamente hacia el mercado ilegal.
La frontera norte y el eslabón judicial
El problema se agrava en zonas fronterizas. En la provincia del Carchi, la Policía decomisó un cargamento equivalente a más de 22 millones de dosis de ketamina. El caso generó polémica cuando un juez dispuso medidas sustitutivas para los detenidos, permitiéndoles enfrentar el proceso en libertad.
Dentro de la fuerza pública, este episodio fue leído como una señal preocupante: grandes golpes operativos que se diluyen en el sistema judicial, debilitando la lucha contra el tráfico de sustancias controladas.
Una droga silenciosa, un impacto real
Aunque suele asociarse a fiestas clandestinas y consumo recreativo, médicos advierten que la ketamina genera daños neurológicos, dependencia psicológica y episodios severos de disociación. En hospitales públicos y privados se reportan ingresos con síntomas compatibles, muchos de ellos sin denuncia formal.
Además, la Policía ha confirmado que la ketamina es usada como insumo base para otras drogas sintéticas, como el denominado “tusibí”, ampliando su impacto más allá del consumo directo.
Fallas en el control
El crecimiento del mercado ilegal expone vacíos estructurales. La trazabilidad de medicamentos controlados sigue siendo limitada y fragmentada. La Agencia Nacional de Regulación, Control y Vigilancia Sanitaria ha incrementado inspecciones, pero expertos coinciden en que sin un sistema digital unificado y en tiempo real, el desvío seguirá ocurriendo sin dejar rastro inmediato.
A esto se suma una corrupción de baja intensidad: inventarios alterados, controles laxos, omisiones administrativas. No siempre hay grandes sobornos, pero sí una cadena de silencios que sostiene el negocio.
Una nueva cara del crimen organizado
Las investigaciones policiales apuntan a que las mismas estructuras que lavan dinero del narcotráfico tradicional han incorporado la ketamina como una línea paralela: menor riesgo, alta rentabilidad y menos atención mediática. No reemplaza a la cocaína, la complementa.
El desafío pendiente
Para especialistas en seguridad y salud pública, el avance de la ketamina deja una advertencia clara: el crimen organizado ya no solo se infiltra por rutas ilegales, sino desde dentro de los sistemas formales.
Mientras no exista un control integral que conecte importaciones, inventarios, prescripción y consumo real, la ketamina seguirá moviéndose sin ruido. Y en Ecuador, la mafia silenciosa ya demostró que no necesita balas para hacer daño: le basta con pasar desapercibida.






