EDITORIAL | Por años, Ecuador ha enfrentado una amenaza creciente desde el crimen organizado. Lo que antes parecía un problema contenido, hoy se ha transformado en una red transnacional que desborda fronteras, instituciones y capacidades estatales. Y en ese nuevo escenario, la política internacional ya no es un tema lejano: es parte directa del problema.
Las recientes tensiones con el presidente de Colombia, Gustavo Petro, abren un debate incómodo pero necesario. ¿Puede un mandatario extranjero convertirse en un factor de riesgo para la seguridad nacional de Ecuador? La respuesta no es simple, pero tampoco puede evadirse.
Más allá de discursos ideológicos, Ecuador enfrenta una realidad concreta: el narcotráfico opera como una estructura regional, con rutas, financiamiento y protección que trascienden países. En ese contexto, cualquier postura política que relativice o minimice la lucha contra estas redes no es neutral; tiene consecuencias.
El señalamiento no debería centrarse únicamente en Petro como figura, sino en lo que representa su visión frente al combate al narcotráfico. Si existe una narrativa que debilita la acción estatal o que prioriza enfoques políticos por encima de la seguridad, Ecuador debe tomar distancia con claridad.
Pero el verdadero punto crítico está dentro del país. Los actores políticos ecuatorianos que simpatizan o se alinean con esa visión enfrentan una decisión de fondo: sostener una afinidad ideológica o asumir una posición firme frente a la crisis de seguridad que vive el país.
No se trata de polarizar por deporte, sino de entender que el contexto actual exige definiciones. La seguridad nacional no puede ser negociable ni subordinada a agendas políticas externas.
Ecuador ya no lucha únicamente contra carteles locales. Hoy enfrenta una red criminal que opera a escala internacional y que, en algunos casos, encuentra discursos permisivos o ambiguos en la región. Eso cambia completamente las reglas del juego.
El país necesita una política exterior clara, coherente y alineada con su principal urgencia: recuperar el control de su territorio y garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Y para eso, es indispensable identificar con precisión dónde están los aliados y dónde empiezan los riesgos.
Porque en esta nueva etapa, el enemigo no siempre se presenta con armas. A veces, también aparece en forma de discursos.






